
Nos encontramos en un bosque cercano a una Escuela Infantil en el que, se mire hacia donde se mire, sólo vemos naturaleza. Un grupo de niños y niñas escalan una gran roca ayudados de una cuerda azul. Otros optan por poner a prueba su fuerza y habilidad trepando a un árbol… Si os cuento que estos niños y niñas tienen entre tres y cuatro años, y os pido que situéis esta escuela en el mapa, me costará creer que la situéis dentro de la península. En Suecia, donde se produce esta escena, la percepción de la capacidad de los niños y niñas, y de su responsabilidad ante el riesgo es bien diferente de la que tenemos en España.
Este modelo educativo de escuelas al aire libre, ya asentado en el norte de Europa, en Estados Unidos y Asia, supone una alternativa innovadora donde los niños aprenden el currículo escolar en la naturaleza, en lugar de en clases cerradas.

La sobreprotección a la infancia parece ser un lema de vida para la gran mayoría de la sociedad actual; podemos observar esta sobreprotección en diferentes ámbitos de nuestras vidas, pero en este artículo nos centraremos en el del riesgo físico.
Los niños y niñas tienen una gran necesidad de movimiento, lo que les lleva a aprender, a conocer su entorno, y a poner a prueba las posibilidades de su cuerpo. A medida que progresan en su motricidad, los niños y niñas de la Escuela Infantil La del Soto del Parral quieren aprender habilidades nuevas que, a su vez, les hacen mejorar y aumentar su autoestima. Desde tirarse de cabeza por el tobogán, hasta crear su propio tobogán con módulos y experimentar su fiabilidad, pasando por aumentar la altura de los circuitos de cajas, tan populares en el patio de nuestra escuela, etc. Cada niño y cada niña asume los riesgos de los que se siente capaz.

Como adultos responsables podemos elegir entre dos caminos. Reconocer la necesidad de niños y niñas de poner a prueba sus límites físicos y mentales, permitiendo que experimenten en su entorno y puedan satisfacer estas necesidades, o envolverlos en algodones y evitar cualquier situación de juego que suponga un mínimo reto. En caso de tomar el primer camino, debemos estar a su lado para mostrarles nuestro apoyo y sugerirles pautas que les permitan tomar riesgos de forma segura: “Coloca bien esa caja … Así te puedes resbalar … Esa rama es demasiado fina para tu peso…” Y aunque este tipo de juego pueda conllevar algunas consecuencias indeseadas, como las caídas, son muchos los autores que hablan de sus importantes beneficios. Entre ellos, tanto Claire Warden como Jan White, dos expertas en educación al aire libre, afirman en varios de sus libros cómo el juego arriesgado contribuye al aumento de la autoestima y la confianza en uno mismo, así como a mejorar la motricidad en la infancia.

Demos una oportunidad a nuestros niños y niñas para crecer asumiendo riesgos, les beneficiará toda su vida.