Artículo14 publica un reportaje sobre el DEMENA Tomás Morales.

En esas paredes llenas de mensajes motivadores escritos por los propios niños se condensa la vida de casi un centenar de menores que llegaron solos a Canarias tras cruzar el Atlántico. No hay rejas ni uniformes de vigilancia: hay habitaciones compartidas entre tres chicos y ordenadas con tacto, una biblioteca, una sala de estudio y educadores que intentan que cada jornada se parezca lo más posible a la rutina de cualquier niño.

El archipiélago canario acoge a unos 5.790 menores migrantes no acompañados repartidos en 86 centros, cuando hace apenas unos años funcionaban poco más de treinta.

La vida en el centro gira en torno a la formación. Todos los menores están escolarizados: en colegios, institutos o ciclos de formación profesional. Muchos se inclinan por la hostelería —hay acuerdos con cadenas hoteleras— o por talleres de mecánica. El deporte también ocupa un lugar esencial. “Los clubes nos llaman para pedir que no traslademos a un chico en mitad de la temporada, porque ya están integrados en el equipo”, relata el director.

Sobre el clima social, admite que algunos chicos narran experiencias dolorosas. “Dicen que en Europa el blanco siempre está por encima del negro. Esa idea les duele, pero no hay menores problemáticos por naturaleza: cada uno trae consigo un problema, una historia detrás. No se les puede criminalizar”.

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